domingo, 16 de febrero de 2014
Siluetas y peligros.
Son como siluetas, lo identifiqué desde el principio. Siluetas que danzan entre ellas en un baile perfecto pero mortal. Son como sombras que corren el riesgo de desvanecerse al siquiera entrar en contacto. Son la representación de mis alegrías y mis angustias, de mis sueños y mis pesadillas. Entre más me acerco a una de ellas, más me distancio de la otra. Irrumpir en su danza mortal es ponerme en riesgo también. Habría que preguntarse por las consecuencias de entrar en tan peligroso baile, en tan peligrosa combinación de movimientos de acercamiento y retroceso. ¿Cómo tener tranquilidad? ¿Cómo poder sentir alivio al estar allí en medio? No hay forma de danzar con ambas siluetas al mismo tiempo: se trata de una elección sin vuelta atrás. Se trata a su vez de una elección insegura. Aferrarme a una de ellas no me da certeza de que ella se quiera aferrar a mi. Sin embargo, parece que se hace necesaria la elección: el baile no puede continuar por siempre. La confusión no puede ni debe seguir por siempre. Hay que tomar de la mano una silueta mientras se le expulsa del baile, mientras violentamente se aleja del escenario mortal. Habrá de ser un movimiento rápido y sin titubeos. Cuando se enfrenta tal situación no se puede andar con rodeos, tomada la decisión habrá que ejecutar los pasos sin ningún tipo de duda. Destruir el baile podría destruirme a mí y a mi silueta elegida. Hay que evadir la muerte, hay que sacudirse sin temor en aguas desconocidas, zambullirse en la decisión tomada, la decisión que me hace responsable de homicidio: al final, sólo una silueta estará allí, o quizás ninguna. Lo único seguro es que no estarán las dos.
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